sábado, 7 de mayo de 2011

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A veces despertaba llorando en las tardes solitarias en la casa de su madre; o entre las altas y fantasmales paredes de adobe y quincha de la casa en la playa. Allí era peor. A sus 25 años Román no había conseguido nada. Aquella tarde habrían de ser las tres o las cuatro menos de las seis, se había dormido para despistar el hambre. ¿Qué lo deprimía tanto? ¿Qué lo sujetaba a esa desolación suicida? Volvió a abrir los ojos  aun sin mover un musculo del cuerpo, se mantuvo quieto en la cama. Quien lo viera pensaría que estaba totalmente aterrorizado. Unas lágrimas fluyeron de prisa hacia sus mejillas, aun así no se movió. En la penumbra poco a poco se dejaban vislumbrar los objetos de la habitación. Sobre su cara colgaba un cordel de nailon grueso que llegaba hasta la puerta del tragaluz del techo, la madera estaba corrida por el salitre y se filtraban pequeñas ráfagas de la luz del atardecer. El estaba semidesnudo, solo en calzoncillos, se animo a girar la cara y sintió el frio de la habitación en su rostro humedecido por las lágrimas. Al lado de si había otra cama más grande, él había dormido en la pequeña, de alguna forma creía así sentirse menos solitario, aquella cama se veía desnuda, tenía con un colchón y una sábana sucia completamente desordenada, había dos roperos, una con un espejo grande que lo reflejaba bastante delgado y sumergido en la semioscuridad. Otra vez sintió recorrer las lagrimas por su mejilla, esta vez con un dolor seco en lo profundo de su garganta que lo asusto.

domingo, 1 de mayo de 2011

Equinoccio de Primavera

A veces  en las madrugadas despertaba llorando de rabia, y decía; quiero estudiar, quiero estudiar, quiero estudiar...recuerdo que una vez lo hizo frente a su madre en la cocina, frente a la tasa humeante de te. Y ella no lo entendió
Hoy recuerda a Malandro y se asusta. Cuando lo conoció se entero que tenia 37 años; era flaco, debilucho, enjuto y encorvado, y pensó que la fuerza increíble que le hacia soportar las infernales jornadas de trabajo en la granja, le salía del espíritu, de la desesperación de sus últimos años de juventud. Caminaba, hablaba y se manejaba como un tipo insolente, desvergonzado y gruñón. No parecía tener esa edad, era más bien un chiquillo avejentado. Casi como el. Como Rodrigo. Que estaba a punto de cumplir 25 años, y seguía pareciendo de dieciséis. Le asustaba la idea de dejar la universidad, e internarse en la granja. De apostar todo a la nada; otra vez. Y de algún día tener la misma mirada cargada de odio y resentimiento de Malandro ¡me desprecio soy un cobarde! Se decía para si mismo, a veces en silencio. Mientras quienes ya lo conocían; pensaban que estaba medio loco porque siempre andaba murmurando algo; bajito y con la mirada perdida en otro mundo.
No soportaba la idea de abandonar lo seguro, y esa misma seguridad que le daba saberse estudiante universitario, le hacia sentirse despreciable; por no ser capaz de perseguir el sueño infame de toda su vida; que no le había sido fácil, ni le era nada fácil.
“Soy un engreído que aun quiere seguir observando con desprecio; desde la baranda del segundo piso de mi universidad privada de provincia; Desde mi cómoda carpeta de estudiante de Sexto ciclo de derecho, a los chicos nuevos, menores que yo; ingenuos y tontos reguetoneros... Pero no soy capaz de soportar la idea de ser Malandro.”
Escribió aquel día en el cuaderno azul que siempre llevaba consigo.

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