sábado, 7 de mayo de 2011

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A veces despertaba llorando en las tardes solitarias en la casa de su madre; o entre las altas y fantasmales paredes de adobe y quincha de la casa en la playa. Allí era peor. A sus 25 años Román no había conseguido nada. Aquella tarde habrían de ser las tres o las cuatro menos de las seis, se había dormido para despistar el hambre. ¿Qué lo deprimía tanto? ¿Qué lo sujetaba a esa desolación suicida? Volvió a abrir los ojos  aun sin mover un musculo del cuerpo, se mantuvo quieto en la cama. Quien lo viera pensaría que estaba totalmente aterrorizado. Unas lágrimas fluyeron de prisa hacia sus mejillas, aun así no se movió. En la penumbra poco a poco se dejaban vislumbrar los objetos de la habitación. Sobre su cara colgaba un cordel de nailon grueso que llegaba hasta la puerta del tragaluz del techo, la madera estaba corrida por el salitre y se filtraban pequeñas ráfagas de la luz del atardecer. El estaba semidesnudo, solo en calzoncillos, se animo a girar la cara y sintió el frio de la habitación en su rostro humedecido por las lágrimas. Al lado de si había otra cama más grande, él había dormido en la pequeña, de alguna forma creía así sentirse menos solitario, aquella cama se veía desnuda, tenía con un colchón y una sábana sucia completamente desordenada, había dos roperos, una con un espejo grande que lo reflejaba bastante delgado y sumergido en la semioscuridad. Otra vez sintió recorrer las lagrimas por su mejilla, esta vez con un dolor seco en lo profundo de su garganta que lo asusto.

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